lunes, 20 de julio de 2015

12/07/2015 – 25º Triatlón Olímpico Canal de Castilla (Medina de Rioseco)

A causa de complicaciones laborales, este año me estaba costando debutar en los triatlones. Por fin encontré uno que me encajaba. Domingo, con posibilidad de desplazarme el mismo día de la prueba, distancias asumibles (más o menos, 1500m + 40Km + 10Km…) y cómodo al tratarse de un triatlón “familiar”, nada masificado, lo que simplifica un montón la “complicada logística” de estas pruebas multideporte.

No conocía el pueblo pero, por los planos de la carrera y las consultas en internet, vi que se trataba de un típico pueblo Castellano con la peculiaridad de ser “fin de trayecto” de uno los ramales del Canal de Castilla. Los 1.500m de natación, por tanto, se realizaban en una “dársena”, un puerto fluvial, donde antiguamente se cargaban y descargaban las mercancías (cereales principalmente) transportadas en barcazas por el Canal. Los 40Km de bici eran dos idas y dos vueltas por una carretera comarcal bastante recta y, suponía tratándose de Castilla, que bastante llana. Además estaba permitido el drafting (ir a rueda) lo que a un ciclista malo como yo, le venía bien. Y, finalmente, los 10Km de carrera eran dar un par de vueltas por unas pistas de tierra que bordeaban la dársena.


El mismo domingo por la mañana salgo en coche con Elsa dirección a Medina de Rioseco. Mis padres, entre viaje y viaje (la buena vida del jubilado), habían podido acercarse a hacernos una visita y aprovechan para venir a verme y animarme. Llegamos pronto y aparcamos justo al lado de la dársena, la zona de boxes, la caseta donde repartían los dorsales… lo dicho, la maravilla de estas “pequeñas grandes” pruebas.


Después de recoger el dorsal damos un paseo por la dársena y alrededores. Me encuentro al juez que está midiendo la temperatura del agua y le pregunto si van a permitir el neopreno o no. Me responde que está justo en el límite de los 22ºC y que tiene que consultarlo. Cuando estoy volviendo al coche a coger todo el material escucho por megafonía que finalmente sí está permitido el neopreno. Mejor, natación más cómoda y fácil.


Con mucha calma dejo todo preparado en boxes y vuelvo con Elsa al coche a dejar la mochila. Voy andando en chanclas, despistado, mirando no sé qué y… ¡tropiezo y doy un patadón a una piedra! Mucho dolor y sangre en el dedo gordo del pie... empezamos bien.


Vuelvo a la dársena donde ya veo a gente calentando. Me despido de mi familia y ellos me desean suerte. Me meto al agua por las escalerillas por las que luego saldremos a boxes y practico un par de veces el gesto de salir trepando por ellas. El agua está a buena temperatura incluso para un friolero como yo. Nado unos metros mientras me acostumbro al “nuevo medio”, en este caso un agua marrón y totalmente opaca.

Por megafonía nos avisan para que nos vayamos situando en las boyas de salida y empiezo con las clásicas dudas de en qué lugar ponerme. En un principio me coloco en medio del grupo, a lo valiente, pero al final decido ponerme a la derecha porque así, aunque nade un poco más, tengo la opción de abrirme si hay demasiado follón. Hace demasiado tiempo que no nado en un sitio sin corcheras y línea en el fondo…

Hay un amago de salida falsa y, finalmente, dan la salida buena.


Salgo fuerte y no me choco con nadie. Nado recto y sin problemas. Por el lado que respiro, el izquierdo, puedo ver a todo el pelotón lo que me permite “guardar las distancias” y también comprobar como, poco a poco, se me van adelantando bastantes nadadores. Al no tener muchos roces voy bastante relajado y centrado en respirar bien, que sé que es lo principal. Cuando veo que los que llevo a mi izquierda llevan un ritmo similar al mío me voy arrimando al grupo. De repente me choco con algo duro, saco la cabeza alarmado y veo que es sólo una pequeña boya.


Cuando llevo unos 200m las sensaciones empiezan a ser peores. De respiración sigo más o menos controlado pero me empiezo a sentir sin fuerza en los dorsales, muy cansado. No es normal. Me doy cuenta de que tras una salida fuerte y anaeróbica he acumulado mucho ácido láctico y ahora voy bastante “trabado”. Empiezo a darle vueltas a la cabeza pensando que no he entrenado bien, que sí he nadado suficientes metros, pero he hecho poca “intensidad”, series, cambios de ritmo, etc. Ahora ya es tarde por lo que trato de bajar un poco la frecuencia de brazada y respirar más para ir recuperando.

Es fácil nadar sin torcerse porque por la izquierda en todo momento vas viendo el muelle de la dársena.

Llegamos a la primera boya, en la que se forma un poco de lío. Me tocan varias veces pero nada grave. Muy poco después giramos en la segunda y enfilamos de nuevo hacia la zona de la salida.


Mis sensaciones no sólo no mejoran sino que empeoran. Estamos ya bastante colocados según nuestro ritmo pero, poco a poco, me sigue adelantando alguno. El neopreno me oprime y agobia, me encuentro anormalmente cansado. Me enfado conmigo mismo y pienso que cómo puede ser que esté así si no voy ni 750m…

¡En ese momento veo a Elsa! Está cerquísima, encima del muelle, y veo que me ha reconocido porque está haciéndome alguna foto. No le saludo ni hago ningún gesto porque bastante mal voy intentando nadar lo mejor posible.


Me alegro de verla cada vez que saco la cabeza para respirar pero a la vez me da un poco de rabia porque creo que estoy haciendo una natación muy mala y preferiría que me viese hacerlo bien. Poco después veo también a mi madre y escucho cómo me anima.


Llego a la tercera boya que doy pegado al que me precede. Unos pocos metros más y llegamos a la cuarta. Al girar doy unas cuantas brazadas con la cabeza fuera para coger aire y a la vez mirar bien qué (quién) es lo que viene por detrás. No veo que me siga demasiada gente. Dudo de si es porque ya vamos muy estirados o porque realmente hay muy poca gente por detrás…

Intento pensar y calcular fríamente y no dejarme llevar por el pesimismo. Sabiendo que salimos unos 100 triatletas, que el grupo que se me marchó en la primera recta serían, a ojo, unos 25, y que luego me ha ido adelantado alguno más… tengo que ir más o menos a mitad de pelotón. Mal, porque siempre intento estar en el tercio o, si va bien, el cuarto de cabeza en natación, pero bueno, tampoco es el fin del mundo.

Esta vuelta es más larga puesto que hay que salir de la dársena y nadar por el canal. En este largo aprovecho “los pies” de otros dos triatletas que van a mi ritmo. Aunque me encuentro cansado ahora ya se nada cómodo, sólo hay que centrarse en nadar con la mejor técnica posible y sin torcerse. Levanto la cabeza cada cierto tiempo para comprobar que sigo “a ola” del que me precede. Cuando me acerco mucho a él también siento las turbulencias en las manos y eso me ayuda a seguirle ya que dentro del agua no se ve absolutamente nada.

Giro en las boyas y pienso que ya más o menos lo tengo. Tengo bastante cansancio general, incluso de piernas, que me hace dudar de qué tal voy a aguantar el resto de la prueba. Dejo de pensar en ello, antes hay que salir del agua.


En el último largo por la dársena vuelvo a ver a Elsa en el muelle y me anima bastante. Cuando queda poco para llegar a las escaleras empiezo a mirar cómo sale la gente. En algún momento se forma un poco de tumulto porque por las escaleras hay que salir de uno en uno. El que me precede se me ha distanciado unos 3 o 4 metros por lo que cuando llego (¡por fin!) a las escaleras no tengo problemas y trepo por ellas.

Nada más salir escucho los ánimos de mi madre y de Elsa mientras me quito el gorro y se lo entrego a los jueces (es la forma en que tomaban los tiempos en el agua). Empiezo a correr por la alfombra azul hacia boxes y Elsa me acompaña por fuera de la valla. Me pregunta qué tal y le digo que “regular”. Ella me dice “ya, ya te hemos visto”... lo que me confirma que mis malas sensaciones también se han apreciado desde fuera. Me bajo la cremallera del neopreno.


Justo antes de entrar en boxes, jadeando, le pregunto a Elsa si voy muy atrás. Ella me responde: “¡no, venga que vas muy bien!”. Me quedo dudando de si lo dice de verdad o es sólo para animarme porque se contradice un poco con lo que me ha dicho un momento antes. Después de la prueba me explicaron que lo de "verme mal" en la natación fue sólo porque en una de las boyas saqué mucho la cabeza y pensaban que estaba mareado.

Me olvido de todo eso y me concentro en la transición. Termino de quitarme el neopreno, me pongo el casco, el dorsal y las gafas de sol. Cojo la bici y salgo corriendo de boxes. Me monto en la bici sin arriesgar mucho y cierro el velcro de las zapatillas mientras me fijo en dos que han salido justo por delante de mí...


En ese momento escucho a mi padre que me anima gritando “¡Venga Miguel, que vas de **** madre!”. Suena sincero y me sube la moral.

Me pongo de pie y esprinto en una ligera cuesta abajo. Alcanzo a uno al que le está costando atarse las zapatillas. Cojo mucha velocidad en la bajada, me estoy acercando también al otro que llevo por delante. Llego muy rápido a una curva de 90º y veo que justo por donde iba a trazar hay un bache muy grande. Tengo que corregir bruscamente mi trayectoria a la vez que freno fuerte ¡porque no entro en la curva! En ese momento la rueda trasera me derrapa y se me empieza a cruzar la bici. Tengo que soltar el freno para no pegarme un tortazo y, como voy a demasiada velocidad para poder dar la curva, cambio in extremis mi dirección y me subo por la acera. Todavía voy embalado, paso entre unos árboles y un muro de piedra. Sigo unos metros por la acera ya un poco más despacio (menos mal que no había gente u obstáculos) hasta que encuentro un hueco y salto el bordillo de nuevo a la carretera… el corazón me late muy deprisa, ¡me he librado de un buen piñazo de milagro!

Hacemos un grupo de tres en el que sólo dos damos relevos. Cuando paso a tirar no doy el 100% porque no quiero vaciarme, sé que se me van a hacer largos los 40Km. Poco tiempo después nos alcanza un grupo de unos seis triatletas. Nos adelantan por la izquierda como aviones y tenemos que acelerar para intentar unirnos a ellos. Uno de los que iban conmigo se queda atrás y yo, que cierro el grupo, tengo que esforzarme mucho para mantenerme con ellos. No es normal, me doy cuenta de que voy muy justo, voy a tope y a duras penas me mantengo a rueda…

El grupo va en fila india, pisando la línea central de la carretera. De hecho, no se meten en el carril contrario porque por esa misma carretera circularán los que ya vengan de vuelta. Incluso un novato como yo cae en la cuenta de porqué lo hacen. Entra un viento bastante fuerte por la derecha que hace que la posición para ir protegido no sea ir justo detrás, a rueda, sino un poco retrasado y por la parte izquierda del que te precede. Lo suyo sería ir en “abanico” pero claro, los que tiran no quieren regalar nada al resto y circulan lo más a la izquierda que pueden para no dejar hueco.

Llegamos a un pequeño repecho que no tiene mucha pendiente pero sí se nota en las piernas. Se produce un ataque y el grupo se disgrega. Por delante se marchan tres o cuatro y el resto luchamos por volver a pegarnos al que llevamos por delante. Yo no lo consigo y me quedo sólo. Intento recuperar las pulsaciones mientras me agarro a la parte baja del manillar y trato de no perder demasiado ritmo. Alcanzo a otro “cadáver” y me quedo a su rueda, no tengo fuerzas para relevarle. Aprovecho para beber agua e isotónica. Hace calor y aunque en bici no se note demasiado hace falta beber para no llegar deshidratado a la carrera.

Miro para atrás y veo que viene un pelotón muy grande, de unos 15 triatletas, por lo que le digo a mi acompañante que se relaje que llegan los refuerzos. Nos adelantan en fila, totalmente estirados y por la izquierda. De nuevo tengo que esprintar para intentar meterme en el grupo y otra vez me cuesta muchísimo igualar su velocidad. No tengo forma de meterme hacia la izquierda por lo que me sigo “comiendo” todo el aire lateral. Forzándome a tope paso un rato con ellos pero empiezo a darme cuenta de que no voy a poder aguantar así mucho tiempo más y esta gente no tiene pinta de querer aflojar. Es más, sucede totalmente lo contrario, otro cambio de ritmo, otra vez todos pegados a la línea de la carretera en fila india, otra vez pelotón disgregado y, como no, otra vez soy de los más perjudicados…

Tras un rato dando absolutamente todo para intentar volver a enlazar tengo que resignarme, he vuelto a perder un grupo. Esta vez, además, uno muy numeroso. Mientras me quedo solo, intentando recuperarme, no puedo evitar pensar que “ese era el grupo con el que tenía que haber ido el resto del sector ciclista”. 

Los ataques y cambios de ritmo me han dejado destrozado de piernas, no miro mi velocidad pero no debe de ser muy buena. Además estoy un poco desmoralizado. Me alcanzan otros cinco ciclistas y formamos un grupillo. Esta vez procuro maniobrar de forma hábil para estar siempre en el lado protegido del viento y descansar.

Los que van primeros empiezan a pasar en dirección contraria. Al cruzarnos con el tercer o cuarto grupo, cuando pasan a nuestra altura, escucho un ruido raro. Me giro y veo que a uno de ellos, no sé si por haber tocado la rueda de otro, se le ha cruzado la rueda delantera y sale volando por encima del manillar. No puedo seguir mirando pero escucho el fuerte golpe contra el suelo y después los juramentos que echa el que se ha caído. Pienso que afortunadamente si se está “cagando en todo” mal mal no estará.

Llegamos al cono donde se da el giro de 180º. Como la carretera es estrecha en ese punto hay que girar muy despacio. Alguno incluso suelta el pie de la cala para hacerlo más seguro. La vuelta se me hace más llevadera. Al pasar por donde se cayó el triatleta le encuentro sentado en la cuneta, con la bici al lado y con golpes y roces en una rodilla y brazos. Uf…

El viento entra ahora por la izquierda pero un poco por detrás por lo que se me hace menos duro. La mayor parte del tiempo van tirando del grupo dos triatletas relevándose entre ellos. Se quejan y piden más colaboración, como es lógico. Yo paso a tirar algún momento pero sin demasiada fuerza ni convicción. No estoy para muchas alegrías y no quiero que otro ataque me coja recuperando y me vuelva a quedar solo.

Llegamos de nuevo a Medina de Rioseco. Yo, con la precaución que da el casi haberme estampanado en esta zona hace un rato, voy gritando: “¡cuidado aquí!”, “¡frenando!”, para avisar al resto.


Voy bien colocado en el grupo, por lo que voy calmado. Una vez que pasamos bajo un arco me pongo de pie para subir rápido y con cadencia la cuestecilla que hay hasta el giro. Veo a mi padre haciendo fotos y a Elsa y mi madre que me animan. Con lo cansado y bajo de moral que voy se agradecen más todavía sus ánimos.


Giramos sin problemas y empezamos a bajar la cuesta. Esta vez voy con más precaución al llegar a los dos giros que tenemos que hacer. Elsa me grita que tenga cuidado con los baches pero después del susto de la salida la verdad es que no me hace mucha falta, ¡voy con mil ojos!


Enfilamos nuevamente la carretera. Voy tenso porque sé lo que me espera: alguna rampa y, sobre todo, viento de costado. Con el importante problema adicional de que yo voy bastante tocadillo. Por suerte, parece que el resto también va más justo que en la primera vuelta y no hay ataques serios. Sólo se produce algún cambio de ritmo cuando alguien entra a dar un relevo y “se motiva” los primeros metros. Al ir algo más despacio muchas veces circulamos en dos o tres filas por lo que yo intento ir siempre al lado izquierdo para protegerme del viento. Nos cruzamos con la ambulancia con las señales luminosas puestas, se estará llevando al que se ha caído.

Cuando llegamos al cono de giro los que van por delante gritan que “suave y despacio”, y que “hay que pasar de uno en uno”. Doy el giro casi parado y cuando levanto la cabeza los de delante han pegado un hachazo importante. Me pongo de pie y esprinto todo lo fuerte que puedo pero tres se me escapan. Miro hacia atrás y yo también he sacado unos metros al resto. Voy sólo, en posición lo más aerodinámica posible y con todo el desarrollo metido. Sin embargo, tras un par de minutos, me alcanza por detrás un triatleta alto y fuerte que, tras pasar un momento a mi rueda, intenta atacarme. Pienso que si me quedo también de él ya sólo me voy a poder poner detrás del coche escoba… ¡me pego a su rueda forzando como si no hubiera mañana!

Sufriendo bastante en algún momento, consigo mantenerme a rueda hasta que llegamos de nuevo a Medina de Rioseco. Al pasar bajo el arco dejamos de dar pedales para abrirnos las zapatillas y sacar los pies. Me pongo de pie para subir la última cuesta. Cuando quedan pocos metros para llegar a la juez que, con una bandera, marca el punto de bajarse, paso la pierna derecha por detrás del sillín y me quedo de pie en el pedal izquierdo.


Al saltar del pedal al suelo y ponerme a correr hacia boxes escucho a una juez que grita: “¡la bota!”. Me cuesta un segundo entender qué quiere decirme, pero caigo en la cuenta en que al bajarme se me ha salido una de las zapatillas del pedal automático. Me paro un momento dudando si retroceder e ir a por ella, pero la juez y mi padre me gritan que siga que ya la cogen ellos.


Entro en boxes y veo un montón de bicis lo cual me confirma que mis malas sensaciones en la bicicleta han reflejado la realidad: he hecho un muy mal segmento y me ha adelantado muchísima gente.

Cuelgo la bici, me calzo las zapatillas y salgo corriendo mientras me giro el dorsal y me lo pongo delante. En los primeros metros tengo unas sensaciones malísimas, voy bloqueadísimo de piernas y totalmente asfixiado. Paso junto a Elsa que me pregunta “¿qué tal vas?”. No le puedo responder, pero le hago un gesto indicándole que muy mal.


Me alejo de la zona de boxes, que está llena de gente animando, y corro por una pista de tierra que va junto a la dársena y el canal donde hemos nadado al principio. El corazón se me sale por la boca y, a causa del cansancio muscular, siento que no estoy corriendo bien. Pese a lo mal que voy consigo adelantar a otro triatleta que me anima cuando le paso.  

Pita el reloj marcándome el primer kilómetro pero prefiero no mirar al ritmo que estoy corriendo. Me encuentro tan mal y me da la sensación de que estoy corriendo tan despacio que pienso incluso que igual me tengo que poner a andar. Decido aflojar un poco el ritmo para no tener que llegar a esos extremos.

Llego al primer giro y, como tengo el dorsal todo arrugado, grito a los jueces que están controlando: “¡ochocientos cincuenta y dos!”. Adelanto a otros dos triatletas y caigo en la cuenta de que todavía no me ha adelantado nadie. A ver si pese a lo mal que me encuentro y mi sensación de ir “parado”, no voy a estar corriendo mal del todo…

Suena el reloj al cumplir el segundo kilómetro. Esta vez sí lo miro para ver cómo voy realmente y me sorprende que marca 4:23/Km. Bueeeeeno, no es que sea un grandísimo ritmo para mí, pero por lo menos ¡parado parado no voy! Me animo y acelero un poco intentando no llegar a mi límite de pulsaciones.


Paso por el avituallamiento y cojo un botellín de agua fría que me sienta increíblemente bien, lo necesitaba. Poco después paso por la zona más concurrida de público y me encuentro con mi familia animándome. Intento poner un poco de buena cara para no preocuparles.


Me parece imposible pensando en lo mal que iba hace un rato, pero empiezo a encontrarme un poco mejor. No puedo forzar a tope pero al menos me da la sensación de que voy corriendo algo más ligero. Me lo confirma el hecho de que poco a poco voy alcanzando a más triatletas y a mí sigue sin adelantarme nadie. Los siguientes kilómetros consigo clavarlos a ritmos de 4:15/Km. 

Voy y vuelvo por una pista por el otro lado de la dársena. Al pasar nuevamente por la zona del público mi familia no deja de animarme con muchas ganas. Les devuelvo una media sonrisa por primera vez en la carrera… se merecen mucho más que eso, pero cuando se va sufriendo mucho, la verdad es que no se puede.


Empiezo la segunda y última vuelta y sigo corriendo exactamente al mismo ritmo. No tengo margen para acelerar pero tampoco voy “muriéndome” como al principio. Ahora adelanto a gente que acaba de empezar a correr tras la bici, aunque de vez en cuando también adelanto a algún “competidor directo”. Lo sé porque muchos me suenan de haberles visto “por detrás” mientras se me alejaban en bicicleta…

En el kilómetro 6 alcanzo a uno que va en mi vuelta y lleva buen ritmo. Me pregunta cuánto tiempo llevamos y le respondo que no puedo saber el tiempo de carrera porque sólo llevo puesto el tiempo total del triatlón. Me sigue bastante tiempo aunque, poco a poco, voy dejando de escuchar sus pasos.

Paso por última vez antes de entrar en meta por la zona del público. El reloj me marca el kilómetro ocho a 4:14/Km. Levanto la mirada y ahí está nuevamente mi familia animándome. Me da verdadera alegría verles en cada vuelta.


Último giro de 180º donde tengo que estirar el dorsal para que lo anoten. Quedan menos de 1.500m, es la hora de apretar… si pudiera. Estoy muy cansado, ahora ya no voy a mi límite de pulsaciones como cuando empecé a correr, pero de piernas voy tocado. Al pasar el desvío que hay que coger para ir hacia meta en lugar de dar otra vuelta, veo que por delante, a unos 100m, llevo a uno. Le he ido recortando poco a poco pero cuando quedan unos 500m aprieta algo el ritmo y mantiene su ventaja.

Llego a la recta de meta y miro hacia atrás para asegurarme de si llevo a alguien cerca. Como no veo a nadie me relajo, alargo un poco la zancada sin llegar a esprintar y… ¡META!


Me apoyo un poco en una valla para recuperarme y escucho como un matrimonio de personas mayores dicen “ay, mira cómo llegan…”. Levanto la cabeza y me encuentro con Elsa que ha venido a abrazarme y felicitarme, ¿o a socorrerme? Me acuerdo de mi padre, la línea es siempre muy fina.

Nos reunimos también con mi madre y nos resguardamos en una sombra. Les empiezo a explicar que he sufrido mucho, que en bici he ido de pena y que el estar tan flojo en la bici me ha perjudicado también en la carrera.


Yo mismo, mientras estoy hablando y “justificándome”, me doy cuenta de que no tiene ningún sentido hacerlo. He dado todo lo que tenía dentro, no tengo duda. Y de eso se trata, ni más ni menos. A un popular como yo nadie le exige nada, hago esto por pasarlo bien y, a pesar del sufrimiento, me he divertido y he disfrutado un montón. ¿Que no ha sido mi mejor triatlón en cuanto a tiempos, ritmos y sensaciones? Pues no, pero no por ello me tengo que comer la cabeza durante la carrera. En competición lo que hay que hacer es simplemente lo que he hecho, esforzarme a tope, disfrutar, e intentar que salga lo mejor posible. Unas veces saldrá un poco mejor y otras un poco peor. Ahí está parte de “la gracia de esto”. Al fin y al cabo la competición para mí no es más que “una excusa” o aliciente para hacer ejercicio, entrenar y estar sano día a día.

Resumiendo todo este ladrillo: ¡un triatlón muy recomendable que espero repetir el año que viene!




Mis tiempos y resultados fueron:

-Natación: 1568m, 26:17 (1:41/100m), puesto 36º/100
-Bici: 39,45Km, 1:08:45 (34,4Km/h), puesto 67º/100
-Carrera: 9,69Km, 41:08 (4:15/Km), puesto 20º/100
-Total: 2:17:34, puesto 43º/100


Podéis ver las clasificaciones en:

Y una buena galería de fotos en:
Fotoyos



sábado, 11 de julio de 2015

05/07/2015 – IV CARRERA 10KM VILLA DE CISTIERNA

Toño, Elsa y yo nos apuntamos a la carrera 10Km Villa de Cistierna. No la conocíamos pero buscábamos una carrera no demasiado dura, ni exigente, como pretexto para ir de excursión por aquella zona. Una vez apuntados nos enteramos de que sí que iba a resultar algo dura puesto que se trataba de una carrera de montaña… y ya sabemos lo que eso implica: caminos, piedras, fuertes desniveles, etc.

Toño debutaba en el “mundillo del trail” y, cumpliendo a rajatabla lo que dice el manual del buen corredor, estrenaba zapatillas compradas la tarde anterior. Creo que el manual no tiene en cuenta que si son naranjas chillonas y muy guapas, se puede hacer una excepción… Su objetivo era simplemente probarse en una carrera de este tipo que, aunque no demasiado larga, sí tenía un par de subidas duras.

Elsa estaba un poco “pachucha” por lo que decidió acompañar a su padre haciendo grandes esfuerzos por no escuchar a su vocecilla interior que le gritaba constantemente: “llevas a una chica que corre menos que tú por delante, ¡adelántala pero ya!”.

Y yo, una vez más, me la tomé como un entrenamiento “de calidad”. El día anterior había hecho una salida en bici de carretera de 60Km con subida a un puerto incluida y nada más llegar a casa salí a correr, sesión corta pero rápida. No podía perder la ocasión de hacer uno de los últimos (de los pocos, en realidad) entrenamientos específicos para el triatlón al que me había apuntado el fin de semana siguiente. Como en bici no es que esté muy fuerte que digamos, la salida me dejó las piernas algo tocadillas.

Con el relax del verano, la buena acción del día (nos encontramos un móvil y se lo devolvimos a su dueña tras hablar con todos sus contactos y levantarla de la cama), y una “pequeña” equivocación en la carretera, al final se nos echó el tiempo encima. La carrera empezaba a las 11:30 y llegamos al pueblo a las 11:20. Teníamos que encontrar la zona de salida, recoger los dorsales, pasar por un baño… nos salvó que aquello no era precisamente Nueva York y quedaba todo bastante a mano. Ventajas de los pueblos y de estas carreras “familiares”. Aprovechamos el estrés y las prisas para calentar, ¡no hubo tiempo ni de la clásica foto pre-carrera!

Después de enterarnos en qué dirección se salía (había corredores a ambos lados del arco de salida mirando en las dos direcciones posibles…), nos colocamos los tres juntos bastante atrás, a mitad del grupo.

Toño y Elsa me dijeron que me pusiera más adelante ya que iba a ir más rápido. No estaba mentalizado al 100% y por eso les dije que no pasaba nada, que ya iría adelantando cuando diesen la salida. Pero una vez que empecé a fijarme en la gente que tenía por delante, algunos con aspecto de no correr demasiado, me despedí de ellos dos e intenté avanzar un poco. No pudé llegar a las primeras filas porque todo el mundo estaba ya muy apretado. Me situé en la 4ª o 5ª fila confiando en que se despejara rápido una vez que empezásemos a correr.

Una breve cuenta atrás por megafonía y… ¡SALIDA!


No salgo a tope (pienso en que 10Km con subidas y con el calor que hace se me van a hacer duros) pero sí rapidillo para ir adelantando a gente. A los 200m giramos 90º en un cruce y veo como algunos de los que llevo por delante hacen la curva por encima de la acera. En poco tiempo adelanto a las primeras chicas y ya me coloco en lo que me da la sensación de que es “mi sitio”. Por delante llevo todavía a bastantes corredores, unos 20 calculo, que se me van distanciando poco a poco.

Damos otro giro de 90º y entramos en un camino de tierra. El recorrido sigue siendo totalmente plano pero ahora ya vamos colocados, en fila, mientras nos fijamos bien donde ponemos los pies. Me adelanta un chico grande vestido de negro al que sigo a unos metros y, poco después, un señor algo mayor al que escucho que lleva la respiración forzadísima… ¡calma que acabamos de empezar y queda lo duro!

El camino por el que corremos llega a la carretera nacional. Hay un coche de la Guardia Civil cortando el tráfico para que podamos atravesarla. Nada más cruzarla, la pista empieza a subir bastante, mucho… ¡demasiado! Miro el reloj, llevamos 1.800m y toca cambiar el chip. De la rápida carrera llana y “de asfalto” que hacíamos hasta ahora pasamos a la carrera “de montaña”. Mentalmente cuesta un poco dejar de sentir que estás corriendo ligero y empezar a mirar al suelo, mientras das pasitos cuesta arriba y tratas de que no se te disparen mucho las pulsaciones.

Adelanto al señor de la “respiración forzada” y recorto un poco de terreno al chico de negro que llevo por delante. Llegamos a un primer avituallamiento que está en una curva de la pista, en plena subida. Veo que nadie afloja para coger agua, hace demasiado poco que hemos empezado, pero yo decido coger un botellín y me lo echo por encima para refrescarme.

Me encuentro de frente con un fotógrafo que me anima diciéndome que voy muy bien y que ya queda poca subida.


Efectivamente la pista pierde pendiente y poco después empieza a descender. Es una bajada cómoda en la que se puede alargar la zancada e ir rápido sin peligro. No alcanzo a los dos que veo por delante y tampoco me sigue nadie de cerca. Voy corriendo sólo escuchando mis pisadas y mi respiración.

La bajada por la pista termina y llegamos otra vez a Cistierna. Voy siguiendo unos cartelitos con flechas que indican el recorrido. Al pasar por una calle estrecha me encuentro con unos viejecitos asomados a su puerta y a su ventana supongo que mirando con curiosidad a tanta gente corriendo por delante de su casa con el calor que hace. Les saludo sonriendo y el señor me responde “¡buen día!”.

La calle empieza a picar de nuevo hacia arriba mientras voy saliendo del pueblo. Giro bordeando un parque con columpios para niños y observo de lejos que los que llevo por delante esta vez sí cogen agua en el avituallamiento. Yo cojo una botella y de nuevo apenas puedo beber nada por mi respiración agitada. Me mojo los labios y me la tiro por encima.

Abandono el asfalto y empiezo a subir por una pista de tierra y piedras. Es una subida menos dura que la del comienzo pero empiezo a sufrir. Me doy cuenta de que no voy muy bien de piernas, siento que me falta fuerza en los cuádriceps y por ello tengo que dar los pasos más cortos de lo normal. En ese momento me acuerdo de mi entrenamiento de bici del día anterior…

Como puedo, termino la subida y abandono la pista para coger un sendero estrecho que va entre árboles. Esta zona es llana y es muy bonita por lo que se puede disfrutar, un poco, de las vistas que hay del pueblo desde la altura. El sendero es estrecho y hay que ir “jugando” evitando las ramas de los árboles.


Empieza una bajada un poco “técnica” en la que voy muy atento para no tropezarme ni resbalarme.


El caminillo de tierra por el que bajo desemboca en una calle muy inclinada de cemento rayado. Bajo todo lo rápido que me permiten las piernas. Cuando la carretera se nivela un poco paso junto a unos niños que están animando y me chocan la mano.

Llego a una de las calles principales de Cistierna y acelero todo lo que puedo. Miro el reloj para comprobar el ritmo y veo que voy a menos de 4´/Km, muy bien. Pero también veo que sólo llevo 6,5Km, ¡muy mal! Me encuentro muy cansado, no sé si es el calor, o el cansancio de la bici, o qué, pero la verdad es que pensar en que me quedan 3,5Km más se me hace un mundo.

Trato de quitarme esos pensamientos de la cabeza y aprovechando que la calle es larga y recta me fijo en los que llevo por delante. Veo a dos corredores que me sacarán unos 100-150m. A pesar del cansancio, al ser un terreno liso y llano, siento que estoy corriendo bastante rápido. Me animo un poco, ¡venga que te quedan menos de 15min corriendo!

Un guardia civil que está cortando el tráfico de la calle por la que corremos me señala el desvío que tengo que coger. Volvemos a meternos por una pista de tierra pero es llana, ancha y de buen piso. Sigo corriendo bastante rápido pero escucho unos pasos que se me acercan por detrás.

Cruzo una vía (confío en que no venga un tren) y llego al 3er avituallamiento. Esta vez sí me fuerzo a beber algo de agua. El resto me lo vuelvo a echar por encima y ¡da gusto el agua fría por la espalda!

Me adelanta el causante de los “pasos que me perseguían”. Observo que es un veterano de un club de atletismo de León. Corre que se las pela y yo voy asfixiado, ni pensar en hacerme el valiente y tratar de seguirle.

Sin embargo, parece que no soy el único que sufre y uno de los que llevaba por delante empieza a “pinchar”. Le alcanzo y, tras unos metros en que trata de seguirme, escucho que se queda atrás. Poco después, mientras rodeamos un complejo deportivo, alcanzo al “chico de negro” que me adelantó al principio de la carrera. Si yo le adelanto con esta facilidad quiere decir que no ha medido bien y va  muy fastidiado…

¡Me quedan menos de 2Km! Son menos de 10 minutos por lo que decido olvidarme del calor y el agarrotamiento de piernas y me pongo a hacer “una serie” a lo que aguante. Delante, a unos 50m, veo a un corredor que va vestido de triatleta. Poco a poco me da la sensación de que le voy recortando terreno. Pasamos por un túnel que cruza las vías del tren por debajo y empezamos a subir una ligera pendiente. Alcanzo al triatleta, va jadeando agónico, y se queda atrás.


Damos un giro de casi 180º en la plaza del ayuntamiento y comenzamos a bajar por la calle donde tenemos aparcado el coche. Esto lo conozco, no queda mucho y hay poco de desnivel favorable. Aprieto todo lo que puedo más forzado de piernas que de corazón. Hay gente a ambos lados de la carretera animándonos. Miro hacia atrás y no llevo a nadie cerca por lo que me centro en disfrutar los últimos metros. Alargo un poco la zancada y paso bajo el arco meta.

Paro el reloj y busco una sombra, ¡qué calor hace! Me acerco al avituallamiento de meta donde hay un montón de bebida y fruta fresca. No hay mucha variedad pero la bebida isotónica y la sandía fresquita sientan de miedo.

Tras reponerme un poco voy a la recta de meta a ver llegar a Elsa y Toño. Mientras llegan animo a todos los que pasan. Un ratillo después les veo a lo lejos. Cuando llegan a mi altura les aplaudo y les grito “¡muy bien máquinas!”. La verdad es que a Toño se le ve forzado… 


Tiene pinta de ir sufriendo bastante. A Elsa se le ve mejor cara. Aunque también es verdad que a ella no le cambia mucho ni siquiera cuando sufre. Cuando entran bajo el arco de meta Elsa agarra el brazo a su padre y se lo levanta. Ha cumplido, ¡ya es “finisher” (que dicen los modernos) de su primera carrera de montaña!

Nada más pararse Toño va a tumbarse en una sombra levantando las piernas. Parece que sí lo ha dado todo… Elsa y yo le llevamos agua y tras unos minutos de recuperación vuelve a ser persona.


Echamos un vistazo a las clasificaciones, teorizamos sobre qué puesto podría haber hecho Elsa y vamos a la piscina municipal que es donde la organización nos deja ducharnos. Al llegar allí… ¡piscinaza descubierta de 50m con poquísima gente! No puedo evitarlo y me pego una nadada que disfruto un montón. El agua está muy fresca pero sienta bien.


Para terminar la gran jornada nos pegarnos un pequeño homenaje en un restaurante que nos había recomendado una amiga que es del pueblo. Sin duda una buena recomendación, recuperamos con creces lo que habíamos perdido corriendo por los montes.

Conclusión: la de siempre, qué bien lo pasamos haciendo estas cosas. Mi tiempo fue 41:20 en algo menos de 10Km. Ritmo 4:08/Km lo que, teniendo en cuenta el par de subidas que había y la “flojera de piernas” que tuve, me deja bastante satisfecho. Finalmente quedé el 16º de 128 participantes. Bien, aunque a "unos cuantos" minutos de los primeros…


El track de la prueba:

Enlace la clasificación:
Clasificación



lunes, 29 de junio de 2015

26/06/2015 - VI Carrera Popular Nocturna Santander

Aprovechando la “Semana del Deporte de Santander” nos apuntamos el “equipo familiar” casi al completo a la carrera nocturna. Mi hermana Marta, que había estado liada con el proyecto del master y no había podido entrenar todo lo que quisiera (o quisiéramos el resto), se apuntó a la carrera de 5Km. El resto, esto es, mi hermana Rocío, mi padre, Elsa, Toño y yo nos apuntamos a la de 10Km.

Ninguno de los recorridos era “cómodo” ni rápido pero se trataba de hacer un poco de ejercicio. El de los 5Km era: Palacio de deportes-Piquio-Reina Victoria hasta la Cuesta de las Viudas y vuelta. Y el de 10Km era: Palacio de deportes-Piquio-Reina Victoria-Castelar-vuelta en la rotonda de Puerto Chico-Reina Victoria-vuelta al Palacio de la Magdalena-Palacio de deportes. Es decir, que ambos recorridos tenían bastantes cuestas y algunas bastante durillas.

Elsa y yo teníamos pensado hacer “sólo un entrenamiento de calidad”. Teniendo en cuenta que nos habíamos levantado a las 5:45, trabajado hasta las 15:00 y conducido de 15:30 a 20:15, no íbamos a llegar muy frescos a las 22:00, la “intempestiva” hora de salida. El cansancio que seguro íbamos a tener no nos iba a permitir tener la motivación suficiente como para plantearnos hacer un 10.000 a tope. Mi hermana Rocío y mi padre, en cambio, estaban ante un gran reto personal. Esta carrera suponía su debut en los 10Km tras sólo unos meses entrenando regularmente… se les notaba con ciertos nervios y una pequeña incertidumbre ante “lo desconocido”. Motivación no les iba a faltar, ¡aunque creo que yo estaba más ilusionado todavía que ellos! Toño, como casi siempre, iba a poner “toda la carne en el asador” y a disfrutar. Y Marta, pese a hacer los 5Km, también se enfrentaba a un buen reto para ella ya que el recorrido era duro e iba a intentar hacerlo al mejor ritmo posible.

Hicimos un calentamiento muy breve. Yo intenté correr rápido para probarme y la verdad es que las sensaciones fueron pésimas. No corrí ni un minuto y tuve una gran sensación de asfixia y cansancio general. Estaba decidido, carrera tranquila a 4:15-4:20/Km.


Tras la foto de rigor y desearnos suerte, cada uno fuimos a colocarnos en nuestro sitio para la salida. No me coloqué demasiado adelante, en parte porque no iba a ir muy rápido (me da mucha rabia los que se ponen en las primeras filas para luego ir “a su ritmo” entorpeciendo al resto de corredores) y, en parte, porque cuando quise darme cuenta ya estaba todo el mundo colocado y no había hueco por donde pasar.

Allí me encontré con mi amigo del colegio Manolín que es un máquina del atletismo. Me explicó que iba a correr tranquilo con la gente de su gimnasio. Rodando a 4:30/Km me dijo. Y cuando estábamos hablando de estas cosas dieron la salida que nos cogió totalmente desprevenidos. Elsa me adelantó por la izquierda mientras me gritaba que ya habían dado la salida. Al final reaccioné, empecé a correr y tras pasar bajo el arco de salida-meta puse en marcha mi cronómetro.


No salí esprintando como hicieron muchos a mi alrededor, pero sí puse un ritmo “de crucero” con el que me sentí cómodo los primeros metros con desnivel favorable y con el que iba adelantando poco a poco a gente. Me costó esquivar a un par de chicas jóvenes (del tipo de las que hablaba un par de párrafos más arriba) pero hasta Piquio fui encontrando huecos por los que seguía adelantando puestos. Imposible no contagiarse del espíritu competitivo de la gente en carrera e ir despacio. No iba a tope, pero sí más rápido de lo que había pensado antes de salir.

Al llegar a la subida a Piquío adelanté a un niño muy pequeño que iba corriendo con su padre. Cuando pasé junto a ellos les grité sonriendo “¡cómo vienen las nuevas generaciones!”. Ni el niño ni el padre hicieron el amago de mirarme. Lo único que dijo el padre, dirigido a su hijo y con tono autoritario, fue: “en la subida acorta la zancada y bracea mucho”. En ese momento pensé: “buf, chaval, no sé si llegarás a ser un crack de esto, pero no te envidio”.

Bajando hacia el Sardinero alcancé a una mujer que no conozco de nombre pero sí me suena como “mítica” del atletismo en Cantabria y que, a juzgar por lo bien rodeada que iba y los ánimos que recibía, debía ir en una buena posición. Su grupo iba un poco más lento de lo que iba yo y opté por adelantarme.

Subiendo hacia la Magdalena ya se iba corriendo muy “despejado” de gente. Alcancé a otra chica joven, que también me suena de verla en las carreras, y escuché que alguien del público le gritaba “¡muy bien Aroa, vas la primera!”. Al ponerme a su par le pregunté si corría los 5 o los 10Km y me respondió que los 10Km. Tenía un poco más de ritmo que ella y también decidí seguir hacia adelante… a esas alturas lo del “cansancio y el entrenamiento tranquilo” mi cerebro, hasta arriba de adrenalina, había optado por dejarlo en cuarentena. A partir de ahí se trataba de intentar hacer los 8Km restantes al mismo ritmo que había hecho los 2 primeros. Más fácil de decir que de hacer.

Llegué al Km 2,5 donde estaba la vuelta para los que hacían la carrera de 5Km. Justo en ese punto vi a mi madre, a mi cuñado Javier y a mi sobrino Javierito. Me dieron unos gritos de ánimo pero me fijé en que Javierito estaba sentado en el bordillo con pinta de cansado, ¡no son horas para los niños, ni para los que tenemos sus mismos horarios!

Por Reina Victoria pegaba aire de cara y decidí meterme detrás de un corredor delgadito con el que fui bastantes kilómetros. En ese momento empecé a ser consciente de que sí iba algo cansado. Había hecho el primer kilómetro, esquivando a gente, en 3:50, el segundo, subiendo Piquio, en 3:48 y el tercero por la subida a la curva de la Magdalena y Reina Victoria en 3:54.

A la altura del Palacio de Festivales me crucé con el primero, Pepín Fuentes Pila. Yo echando los pulmones por la boca y él sacándome un mundo y con cara de ir muy sobrao… qué bueno es el deporte para hacerte humilde, ¡sobre todo a los a los malos como yo!

Llegué a la bajada de la Cuesta del Gas en la que alargué la zancada y pude recuperar un poco. Al empezar Castelar me crucé con el “grupo perseguidor” y poco después con el incombustible Quino Otí que iba corriendo dando grandes zancadas.

Dimos la vuelta en la rotonda de Puerto Chico, me pitó el reloj, lo miré y el 4º kilómetro me había salido a 3:44. En ese momento aceleró “mi liebre”, o a mí me dio un pequeño bajón, por lo que perdí unos metros respecto a él y empecé a correr en solitario, sin cebarme, mentalizándome para la inminente subida de la Cuesta del Gas.

Justo antes de empezar a subir escuché que alguien que iba en dirección contraria gritaba mi nombre, ¡era Elsa! La saludé muy animado pero me quedé pensando: “menudo carrerón que está haciendo ésta, ¡espero que aguante!”.

La Cuesta del Gas se me hizo bastante dura y no fue como otras veces que cuesta arriba adelanto posiciones. Esta vez ya íbamos todos muy colocados y mantuvimos las distancias. Una vez arriba, mientras trataba de recuperar un poco el resuello, me crucé con Toño y también me sorprendió lo bien que venía. Le grité que llevaba a Elsa un poco por delante.

A partir de ese momento en lo único que pensaba (aparte de en poner un pie delante de otro lo más rápido posible) era en cruzarme con mi padre y Rocío para ver qué tal venían. Y no tardé demasiado en cruzarme con mi padre que venía a buen ritmo, con buena cara y rodeado de muchos corredores. Le animé: “¡muy bueno!”. Y unos metros más adelante vi a Rocío que iba corriendo más en solitario. Me fijé en que por detrás llevaba todavía a mucha gente (¡ella tenía miedo a que la atropellase el coche escoba!) y le grité: “¡vas muy bien, pero calma que queda mucho!” y ella me respondió que iba bien. La verdad es que sí se la veía que iba dosificándose y con margen.

Me volví a concentrar en mí. En el kilómetro 5, con la dura subida de la Cuesta del Gas, ya pegué un pequeño (o grande) bajón de ritmo, me salió a 4:12. Además, me empezaba a encontrar bastante cansado. El largo día y, seguramente la falta de entrenamiento, empezaron a hacerse notar.

Afortunadamente en ese momento me crucé nuevamente con mi madre, Javier y Javierito (ya sobre los hombros de su padre). Otra vez me dieron un montón de ánimos que me vinieron muy bien. Conseguí pensar más en positivo y apretar un poco el ritmo fijándome en el que llevaba por delante.

La bajada hacia el Palacio de la Magdalena la hice muy rápido, con buenas zancadas y cadencia. Y una vez dentro, mientras el recorrido se mantuvo llano, conseguí mantener un ritmo bastante aceptable. El reloj pitó marcándome 3:52 en el kilómetro 6. En ese momento pensé, “venga Miguel que te quedan sólo 16 minutos”.

Pero quedaba la parte más dura de la carrera. Al cansancio acumulado se le unían 3 duras subidas: el rampón de subida al Palacio de la Magdalena, la cuesta de salida del Palacio hacia el Sardinero y Piquio.

La subida al Palacio la hice a un espectacular ritmo, el cochinero. Braceando a tope y acortando la zancada, eso sí, que yo aprendo rápido. Una vez arriba luché contra las ganas de sentarme en un banco y fui recuperando como pude sin pararme… terminé el kilómetro 7, a 4:32.

Bajando del Palacio aceleré todo lo que pude y me fijé en que 50m por delante llevaba al mismo corredor que se me había ido unos metros en Puertochico. No había ni ganas, ni sobre todo fuerzas, para intentar cogerle. La subida a la curva de la Magdalena no la hice mal del todo pero llegué arriba otra vez a tope de ácido láctico. Me ayudó mucho el público que estaba ahí animando. Justo arriba terminé el kilómetro 8, en 4:05.

El paso por el Sardinero fue rápido. Alcancé y adelanté muy poco a poco a uno que iba con ropa de triatlón y a su vez me adelantó otro como un tiro, dándolo todo. La última subida a Piquio no se me hizo demasiado dura, aunque mi ritmo ya no era el mismo que al principio. Poco después de llegar a los jardines y empezar a bajar cumplí el kilómetro 9, me había salido a 4:01.

Apreté un poco más por Mesones y la fuente del Racing pero el falso llano por el que se corre al pasar junto al estadio me hizo volver a sufrir. Me concentraba en seguir levantando las rodillas e impulsándome hacia adelante. Llegué al Palacio de Deportes y mi reloj marcó los 10Km, el último me salió otra vez a 4:01… faltaba la recta de meta, no tenía pensado esprintar porque no tenía muchas fuerzas, la verdad, y porque no tenía mentalidad 100% competitiva. Aun así aceleré un poco al ver que también lo hacía el que llevaba justo por delante. Los últimos 150m a 3:43/Km.

Pasé por meta sin pararme, seguí hasta el fondo donde daban una bebida isotónica y con la misma salí trotando en dirección contraria a la carrera para ir a buscar al resto del equipo.

Con Elsa me encontré muy rápido, cerca del campo del Racing. Le dije que fuese tranquila que no llevaba a ninguna chica por detrás. Se veía que iba dándolo todo, iba con cara de cansada y concentrada y no quería que yo la dijese nada. Tuve que acelerar mi ritmo y la acompañé hasta el principio de la recta de meta. Ahí le dije que la llegada era el segundo arco (algunos se habían equivocado y se habían parado en el primero) y me despedí momentáneamente de ella.

Vi a lo lejos como esprintaba a tope los últimos metros. Fui por fuera de las vallas para encontrarme otra vez con ella y cuando la vi le di un abrazo y un beso y la felicité por el carrerón que había hecho. Por los comentarios del “speaker” ya nos habíamos enterado de que había llegado 4ª (a mí me lo parecía porque cuando había ido a buscarla me fui fijando en las chicas que pasaban). Un par de chicos que habían ido con ella en la carrera, con pinta de buenos corredores además, se acercaron a felicitarla, lo que le hizo sentirse muy orgullosa. Con razón.

Una vez más a un pasito del pódium. Tiene un mérito increíble porque las que llegaron por delante de ella son atletas “profesionales”. No se ganan la vida con ello, pero sí son corredoras de toda la vida, de clubs de atletismo, con entrenamientos planificados y demás. Elsa corre 3 días a la semana, a su aire, y lo complementa con un día de gimnasio/spinning y, de vez en cuando, con una sesión de piscina. Se le da bien y está en forma. Una campeona.

De repente nos encontramos con mi hermana Marta que estaba esperándonos frente a la meta. "¿Pero ya estás aquí cambiada de ropa y todo?". Yo me había cachondeado diciéndole que igual la cogía antes de que llegase. Estaba claro que no, y por mucho. Le pregunté qué tal le había ido y me dijo que muy bien. Que los primeros kilómetros los hizo con Rocío y que la vuelta, pese a hacerla sola, mantuvo buen ritmo hasta el final. Su segunda carrera de 5Km terminada con mucha solvencia, perfecto.

Una vez que Elsa se recuperó un poco y cogió su bebida, fuimos los dos a buscar al resto. Cuando habíamos caminado un poco vimos que Toño ya entraba en la recta de meta. No sabía su marca (no había marcador en meta), pero me daba la sensación de que había hecho una gran carrera porque no había pasado demasiado tiempo desde que habíamos llegado.

Elsa volvió hacia el arco para acompañarle y yo seguí en dirección contraria porque tenía ganas de ver a mi padre y Rocío que eran los que más justo lo iban a llevar. Me iba fijando en la gente que me cruzaba tratando de sopesar si el ritmo que llevaban sería más alto o parecido al de ellos, para anticipar el momento en que me los encontraría.

Al llegar a Piquío distinguí a lo lejos a mi padre que venía corriendo solo, subiendo la cuesta, pero dando una imagen de estar corriendo bien a esas alturas "de película". No se le veía hundido, ni apajarado, sino corriendo con estilo. Me alegró mucho verle así y rápidamente le grité que iba muy bien. Le acompañé durante un rato y le ofrecí un poco de bebida isotónica. Me dijo que no podía beber porque subiendo iba muy alto de pulsaciones y porque tenía la boca muy seca. Esperé a que empezase la bajada y le medio obligué a que diera un trago que le sentaría bien. El rato que corrí con él pude comprobar “en vivo” que llevaba muy buen ritmo. Siempre ha hecho deporte, pero correr lo tenía un poco “olvidado”… hace 4 meses no aguantaba ni 500m seguidos sin parar a descansar. Y la mejoría que ha tenido en este tiempo con sus 69, casi 70, años es ad-mi-ra-ble. Kilómetro 9, le quedaba sólo uno, ¡lo tenía hecho! Me dijo que fuese a buscar a Rocío que vendría por detrás. Le di una palmada en la espalda a modo de felicitación y me despedí.

Rocío no venía mucho más atrás. Me puse a correr acompañándola también en Piquío. No sólo no le había atropellado el coche escoba sino que vi que llevaba todavía bastantes corredores por detrás. Como sabía que le quedaba poco para llegar, y tenía fuerzas, apretó bastante el ritmo. Le ofrecí también bebida pero iba tan forzada de respiración que la rechazó. Yo iba algo asustado viendo lo que estaba forzando porque tenía miedo de que no pudiese aguantar así hasta el final. Pero vaya si aguantó. En la rotonda del Racing adelantó a una chica y a su novio y al llegar a la recta de meta ¡se puso a esprintar!

Muy emocionante.

Una vez que nos reunimos todos en la zona de meta empezamos a contarnos qué tal nos había ido, anécdotas, sensaciones, etc. Estábamos todos muy contentos por haber “cumplido” y haber dado todo.


Al ser una carrera popular no hubo clasificaciones, salvo para los tres primeros, por lo que no podemos saber cómo quedamos, aunque ya se sabe que para nosotros no es demasiado importante.

-Marta, 5Km: 33:05 (6:37/Km). Fue sólo su segunda carrera, la terminó mucho más entera que la primera y además mejoró su marca. ¡Incluso la refunfuñona de ella se está dando cuenta de que hacer ejercicio la viene bien y se nota!

La carrera de 10Km no estaba perfectamente medida. Según todos nuestros relojes fueron 10,15Km. Los ritmos están calculados con respecto a la distancia real, no la teórica de 10Km.

-Rocío: 1:02:31 (6:10/Km). Primera carrera de 10Km superada con nota.
-Papá: 1:01:51 (6:06/Km). Lo mismo, debut y ya rozando la hora.
-Toño: 48:18 (4:46/Km). No es su mejor marca pero sí es la mejor de los últimos años y además en un circuito nada propicio. Este año está cogiendo un gran estado de forma.
-Elsa: 44:27 (4:23/Km). Nueva mejor marca personal en 10Km. Este año no para de batir sus tiempos… y lo mismo, en un circuito llano podría haber rebajado más. Y 4ª femenina, claro.
-Y yo: 40:31 (4:00/Km). No está mal para mí y dadas las circunstancias de esta carrera. Al final me “metí en competición” y disfruté, que es lo principal. Pero tengo pendiente hacer una carrera con un mejor perfil, llegando descansado y a tope de motivación para ver cuánto puedo rebajar los 40min/10.000m. Estoy seguro de que puedo rebajarlo. Este año entrenando en llano ya he hecho 10Km en 40min clavados, mi ritmo en MM el año pasado fue 4:01/Km. Es decir, que poder debería poder. Sólo falta que me cuadre bien una prueba y demostrármelo a mí mismo, que es al único que le importa. Y algo, tampoco mucho.

Hasta entonces a seguir haciendo deporte, pasándolo bien y a poder ser con la familia.


El track de la prueba:
GPS