jueves, 15 de agosto de 2013

77º Descenso Internacional del Sella

Un agosto más ya está aquí el Descenso Internacional del Sella. Digan lo que digan sus detractores, que los hay, para mí sigue siendo una prueba única. No sé explicarlo muy bien. Desde mi punto de vista lo que la hace especial es su mezcla de deporte, historia -es su 77º Edición, la primera tuvo lugar nada más y nada menos que en 1930-, recuerdos infantiles -mi padre me bajó en competición cuando yo sólo tenía 7 años- y cierto riesgo.


Una salida simultánea de unas 700-800 piraguas en un tramo de río de 300m es un “follón” y espectáculo digno de verse. Si además formas parte activa de todo ello la emoción está asegurada.


Este año, a causa del trabajo, ha sido con diferencia el que menos he podido entrenar en piragua. Las semanas que tengo suerte remo 2 o 3 días, pero muchas sólo consigo remar un día y algunas ni siquiera eso. Aun así no me importa demasiado, no me lo quiero perder y me considero afortunado por poder acudir. Ganar no voy a ganar –¡no ganaría ni aunque hubiese remado todos los días del año mañana, tarde y noche!- y espero que el fondo físico que tengo de correr y nadar me ayude a no llegar el último... Lo que tengo claro es que voy a disfrutar del “camino” o, mejor dicho, del río.


Sábado 3 de agosto de 2013

Después de desayunar bien preparo un poco los “trastos”. La piragua me la llevan en el remolque del club por lo que los preparativos son sencillos: licra y camiseta del club, escarpines con suela gorda -para correr por las piedras-, pala, cinta americana -que “siempre viene bien”- y algo para comer y beber.

Salimos de Santander mis padres, Elsa y yo en el coche de mi padre. El camino pasa rápido mientras hablamos de temas variados pero sobre todo, como no, de piragüismo. Hacemos nuestros pronósticos sobre quién ganará este año, cómo estará el río, etc. Yo entre los nervios que -aunque leves- ya empiezo a tener y que mi cabeza no para de dar vueltas a todo lo que me espera, estoy, quizás, un poco más callado de lo habitual.

Llegamos a la rotonda de Llovio sobre las 9:45.

La carretera que sube hacia Arriondas a ratos pasa pegada al río y aprovecho para intentar ir mirando si tiene muchas sequeras o baja bastante agua. Desde el coche nunca se aprecia nada pero todos los años se mira con interés como si se pudieran determinar con exactitud los m3/seg de caudal…

Justo antes de llegar a Arriondas vemos la carpa del AquaSella, una fiesta tecno que a esas horas sigue con su música atronadora y sus zombies dando botes.

Damos un par de vueltas por Arriondas intentando encontrar un aparcamiento. Como la cosa está difícil y mi padre está nervioso, ya que quiere asegurarse un buen sitio para hacer fotos, deciden bajarse cuanto antes para Llovio donde van a ver la prueba. Me desean suerte, me dicen que “lo importante es llegar abajo, a ser posible sin romper nada” y nos despedimos.

Es pronto, todavía no hay demasiado movimiento de piragüistas. Lo que me alegra es que por Arriondas hay mucha gente de fiesta pero no en estados muy lamentables (¡esos estarán en el Aquasella!). Es más, algunos de los que me encuentro están hasta graciosos. Además de los clásicos que te entrevistan a lo locutor de la tele preguntando “qué sensaciones tienes, qué tal ha ido la preparación invernal y si confías en la victoria”, escucho a un grupo de chavales asturianos preguntar a una señora: “¿y usted de dónde ye?” Ella les responde que no es asturiana, que es de Cuenca. Y un chaval -o guaje-, responde con gracia: “mira esta señora… dice que no ye asturiana y ¡ye de la misma cuenca oh!”.

Después de dejarles con sus discrepancias geográficas decido dar un paseo hasta los cepos de salida para echar un vistazo al río. El nivel me parece que está muy bajo, se ven muchas piedras, pero confío en que el agua que sueltan momentos antes de la salida sea suficiente para bajar sin percances.


Voy hacia el parking de los clubs y paso por la campa que habilitan para los clubs asturianos. La verdad es que da gusto prepararse así, tranquilamente, y no como hace años que tenías que aparcar y preparar la piragua entre tiendas de campaña con gente durmiendo(la) o todavía en pleno festejo.


Al llegar al parking todavía no veo la furgoneta de mi club por lo que aprovecho para hablar con los conocidos que me voy encontrando. Saludo a la gente del Piraguamadrid, a los de Castro, a los del Piragüismo San Martín de Santander…

En ese momento llega nuestra furgoneta y lo primero que hago es ir al remolque para asegurarme de que no se les haya olvidado traerme la piragua. Bien, tengo piragua, en el peor de los casos la salida ya la doy. Si paso de la primera curva, y si llego o no a meta ya se verá dentro de un rato.


Algunos van a recoger los dorsales mientras el resto nos cambiamos de ropa, revisamos por última vez la piragua y preparamos la bebida/comida que vamos a llevar. Yo, la verdad es que con un poco de dejadez en los preparativos, no he traído camel-back, ni bolsas para líquido que pegar a la bañera de la piragua, ni geles, ni nada. Por todo avituallamiento decido pegar un botellín en el “suelo” de la piragua. Pienso que ya pararé en Llovio, abriré la botella y daré unos tragos…


La “expedición” que iba a por los dorsales tarda muchísimo lo que empieza a impacientarnos al resto. Cuando el aparcamiento se ha quedado casi vacío de piragüistas llegan, por fin, con los dorsales. Este año han cambiado, ya no es un peto de plástico sino un dorsal con chip como los que suelen dar en las carreras populares. La organización, muy previsora ante esta novedad, no ha dado imperdibles para ponerlos en la camiseta... Cuando estamos barajando las opciones de meternos el dorsal en el pantalón o pegárnoslo con cinta americana, aparecen unos imperdibles oxidados en la guantera de la furgoneta y conseguimos ponernos todos el dorsal.

Cogemos las piraguas y vamos hacia el río para bajar el tramo que nos separa de Arriondas, donde se da la salida. De esta forma te evitas tener que cargar con la piragua por toda la carretera y además sirve de calentamiento. Hay un par de rabiones y yo en uno de ellos decido echar pie a tierra para no arrastrar mucho la piragua antes de empezar…

Cuando llegamos al puente de Ribadesella el ambiente es espectacular. Hace sol, los márgenes del río, a modo de gradas, ya están llenos de público y la mayoría de los piragüistas ya tienen la piragua alineada en la orilla.

Voy bajando lentamente dejándome llevar por la corriente mientras miro los números de los cepos, donde se inmovilizarán los remos antes de la salida, para encontrar mi puesto. Al llegar a mi sitio me encuentro todas las piraguas apiladas y no hay absolutamente nada de sitio para poner la mía. Me apeo y empiezo a mover piraguas a diestro y siniestro mientras sus dueños van apareciendo alterados a ver “qué estoy haciendo”. Afortunadamente, entre todos, conseguimos llegar más o menos a un acuerdo para colocarlas. Eso sí, el hueco entre una piragua y otra es justo el ancho de un tobillo… pienso que va a ser difícil que luego, en la locura de la salida, la gente no se tropiece, las pise, o se caiga por encima de ellas. Me resigno, va a ser para todos igual.

Busco a una juez que es quien reparte los números adhesivos que hay que pegar en la proa de la piragua. Tras un buen rato -estresada no se la veía- consigo que me dé mi número y, por fin, lo puedo pegar.

Me pongo junto a mi cepo y echo un vistazo alrededor. Hago un par de veces el camino hasta mi piragua para hacerme una idea de las piedras que tendré que sortear a la carrera en el momento de la salida. Justo en la zona donde salgo hay un pequeño escalón en la misma orilla que pienso que también nos va a dar algún problemilla adicional…


Tras refrescarme en el agua doy una vuelta para saludar y hablar con los conocidos que tengo cerca. Todavía faltan 20 minutos para la salida pero ya se nota a la gente nerviosa. Miro mi pulsómetro para comprobar cómo estoy de alterado y me sorprende que tengo el pulso muy bajo, casi como en reposo. Se ve que el no jugarme nada –ni siquiera demostrarme a mí mismo que los entrenamientos de varios meses van a servir de algo- hace que esté extrañamente tranquilo.

Veo a Busto colocado como cabeza de serie K1 y me fijo en que su piragua no está apelotonada junto a otras. La suya tiene un espacio de medio metro a cada lado. De algo sirven los galones y todos los campeonatos del mundo que tiene a sus espaldas… él hoy se juega la victoria en embarcación individual.

Sigo caminando para acercarme a donde salen los cabeza de serie K2 -los que van a disputarse la victoria absoluta del Descenso- pero justo en ese momento avisan por megafonía que todos los piragüistas han de estar en su puesto junto al cepo ya que se va a proceder a su cierre.


Llego a mi número, el 127. Noto la boca reseca, afortunadamente un piragüista que tengo a mi derecha tiene una botella grande de agua y me ofrece un trago. Cierran los cepos. Ahora las palas están sujetas hasta el momento de la salida. Se nota la tensión en la gente.

Me acerco por última vez a mi piragua para visualizar lo que pasará minutos después.


Después de los “vivas” a las distintas nacionalidades y a Asturias, la medallista de vela en Londres 2012, Ángela Pumariega, empieza a recitar el pregón que originariamente recitaba Dionisio de la Huerta:

Guarde el público silencio (bis)
y escuche nuestra palabra (bis)
De orden de Don Pelayo
después de medir las aguas,
presidiendo el dios Neptuno
los actos de esta olimpiada,
con las novias, los tritones,
el cañón, los centauros y Pialla,
nuevamente se autoriza, en Arriondas,
la carrera de piraguas.
Y cuando demos los vivas
que el reglamento nos manda,
contesten todos a coro,
enronquezcan las gargantas,
que es fiesta de toda Asturias
la fiesta de las piraguas.
Mas si alguno tiene cerca,
una chavalina guapa,
que no la pierda de vista
ni deje de vigilarla;
y, si de veras le gusta,
comience ya a enamorarla,
porque es tradición que en Llovio,
al final de esta jornada,
cuando de las siete en punto
resuenen las campanadas,
a las mozas que lo quieran y se dejen,
Don Pelayo da permiso
para poder abrazarlas.
Y si luego, andando el tiempo,
vamos al cura y nos casa,
con los neños que tengamos
vendremos a las Piraguas
con los collares de flores
y las monteras terciadas,
que no hay fiesta más alegre,
ni más movida y galana,
ni con más bello paisaje,
ni esencia más asturiana.
Cantadlo con toda el alma,
que resuene en todo el valle,
¡Asturias Patria Querida!
el himno de las Piraguas.”

En ese momento todo el público empieza a cantar a coro el himno de Asturias… el “Asturias Patria Querida”. Es imposible no emocionarse. Ante la inminente salida la adrenalina se dispara, se me ocurre mirar el pulsómetro y ¡estoy a un 75% de mis pulsaciones máximas! Y eso sin empezar a moverme. Parece que pese a mi relajación inicial los nervios han llegado… el Sella es el Sella.

¡¡Y la flor he de cooooger!!”

Miro fijamente al cepo para reaccionar lo más rápido posible…

¡¡Clang!!”

Suena un golpe metálico, abren el cepo, levanto la pala y salgo corriendo hacia mi piragua. He reaccionado muy rápido y me acerco a las piraguas un poco por delante de los que tenía a mi lado. Sin embargo, antes de llegar a las piraguas piso una piedra que se mueve y casi me tuerzo el tobillo, lo que hace que se me adelanten un poco.


Aun así cojo mi piragua y me meto al agua junto al resto. Los dos K1´s de mi derecha se traban un poco entre ellos y no consiguen arrancar.

El ruido es increíble. Se oyen voces del público y los piragüistas, golpes de piraguas y palas, el ruido metálico “cling, cling” de los timones golpeando las piedras…

Me siento en la piragua y, sin mucho hueco para meter la pala, apoyándome en las piedras y en las piraguas que tengo junto a la mía, consigo arrancar. El que tengo justo a mi derecha intenta impulsarse apoyando su pala en mí y me da un palazo en el pómulo bastante fuerte pero, con la tensión del momento, no me duele nada.

Doy las primeras paladas sin cebarme demasiado. Intento mirar lejos, al frente, para ir evitando los líos y montoneras que se forman.


Pero es imposible evitarlos todos porque, como vas metido en el pelotón, no puedes maniobrar o girar para donde quieres…


Intento dar la primera curva por fuera que suele haber menos gente pero me resulta imposible ya que los huecos que encuentro me van dirigiendo hacia el otro lado.


Acabo dándola bastante por el interior donde hay más atasco. Me encuentro un K2 parado contra el que chocamos los que vamos llegando. Me quedo encajado entre dos K1´s con los que quedo emparejado.


No podemos meter la pala en el agua para avanzar porque no hay hueco. Veo que el que tengo a la izquierda suelta su pala, se agarra a la bañera de otro y se impulsa hacia adelante. Dadas las circunstancias decido hacer lo mismo. Consigo salir del atasco y sigo avanzando.


El caos es enorme en todo el río pero no se tiene una visión global de lo que pasa, vas muy concentrado y tenso y tienes una especie de “visión de túnel” que sólo te permite fijarte en lo que tienes justo por delante. Todo ocurre como a cámara lenta y te da la sensación de que puedes reaccionar ante cualquier imprevisto… es sólo la sensación, claro.

Tras una pequeña recta en la que hay mucho oleaje por la gran cantidad de piraguas que hay, me acerco a la segunda curva. Es una curva-rabión bastante cerrada a la derecha y donde siempre suele formarse una buena montonera por la izquierda, en el exterior. El interior tiene poco calado pero yo aprovechando que soy ligero prefiero pasar rozando un poco con las piedras del fondo que jugármela en el lío.

Voy cruzando hacia la parte derecha del río aprovechando los huecos que encuentro. Cuando me acerco a la curva alguien me grita: “¡vamos Miguel!”. Miro a mi derecha y es Pablo, de los Rápidos de Arriondas, que se pone a mi altura. Antes de entrar en el rabión aceleramos para que el timón mande bien en la corriente a favor.

Delante veo a un chico que se ha caído. Está de pie, de espaldas y agachado, sujetando su piragua. Yo sigo acelerando para entrar bien al rabión pero de repente, justo cuando voy a pasar junto a él, levanta su piragua y veo el timón acercándose peligrosamente a mi cara. Bueno, en realidad soy yo el que me acerco a gran velocidad por el acelerón que estaba dando y por la corriente del rabión. Le grito e intento girar pero es imposible porque ya estoy encima. En el último momento me agacho y me inclino hacia la derecha para librar el golpe. Noto como el timón me roza el pelo justo cuando me caigo hacia la derecha hundiéndome en el agua.

Podría decir que cuando vi “la cuchilla” frente a mi cara se me pasó la vida ante mis ojos. Pero creo que no es exacto… el tiempo que pasó entre que vi el timón y me hundí en el agua sería, como mucho, uno o dos segundos, con lo cual la visión se quedó simplemente en la cara de un médico diciendo “es un niño”.

Cuando saco la cabeza del agua lo primero que hago es agarrar mi piragua para que no se me escape y mirar para atrás a ver lo que se me viene encima. Afortunadamente por el interior de la curva donde estoy no baja demasiada gente y consiguen ir esquivándome. No me cubre mucho, más o menos por el muslo. Me pongo de pie y trato de achicar la piragua que se me ha llenado completamente de agua. Pesa muchísimo y no puedo levantarla agarrándola desde la bañera… me desespero. Veo como pasa junto a mí Marcelino, el juvenil de mi club. Hago otro intento y tampoco consigo levantarla. A la tercera, haciendo palanca con la rodilla, consigo al fin inclinar la piragua para vaciarla. Cae un chorro enorme de agua. La inclino hacia el otro lado y termino de vaciarla.

Vuelvo a posar la piragua y aunque se la empieza a llevar la corriente consigo saltar dentro. Me da la sensación de que he perdido muchísimo tiempo. Veo a mi alrededor muchos chavales con chalecos que sé que son cadetes que salen bastante más atrás que nosotros.

Cuando estoy volviendo a coger el ritmo llego a la Remolina, otro rabión a la derecha que se estrecha bastante y donde también suele haber bastante “carnicería” por su proximidad a la salida. Esta vez consigo pasar por el interior rozando un poco y deslizando la panza de la piragua sobre las piedras con verdín. A la salida del rabión tengo que esquivar, por la popa, a dos piraguas que se han cruzado al meter la proa en el retorno y dejar la popa en la corriente. De reojo veo en el exterior un par de K2 volcados y una proa de una piragua casi hundida que sobresale del agua.

Otros años los primeros kilómetros los hago un poco “a lo amarrategui” y voy por fuera del chorro de corriente para evitar golpes, cruces, vuelcos, etc. Este año, como ya voy muy retrasado opto por ir por el sitio rápido del río aunque ello suponga más roces y conflictos.

En el primer largo sin corriente y con profundidad suficiente para palear bien empiezo a ser consciente de lo agitado que voy. Hasta ahora, no sé si por la adrenalina o porqué, no me he dado cuenta de lo alto que voy de pulso ni del agarrotamiento muscular que tengo. Echo un vistazo rápido al reloj y veo que voy casi a mi tope de pulsaciones por lo que empiezo a mirar alrededor buscando la ola de algún K2 que me permita seguir al mismo ritmo pero relajándome un poco.

Justo delante veo un grupo. Haciendo un esfuerzo adicional consigo meterme a la “V” que forma un K2 de veteranos y un par de K1´s que van a sus olas laterales. Una vez consigo remontar la ola y entrar en la “V” noto como las paladas se hacen mucho más blandas y cómodas. En ese momento pienso que ya podría ser así hasta Ribadesella...

Pero esto es el Sella, llegamos a otro rabión y la gente acelera para entrar sin problemas y timoneando bien. Yo me pongo justo a la popa del K1 que va por el interior. Al entrar veo como el K2 se echa encima del K1 que llevaba por fuera, chocan las palas y las piraguas y empiezan a jurar… El otro K1 y yo pasamos sin problemas.

En un grupo que llevo unos 10m por delante veo que va Chisco. No consigo acercarme pero tampoco ellos se alejan.

Soy consciente que tengo por delante una prueba de 1h 30min aproximadamente y que yo hace mucho que no estoy tanto tiempo “sentado” en una piragua, por lo que trato de ir con cadencia pero sin forzar demasiado.

Tras unos kilómetros me adelantan por la izquierda el K2 mixto de Inma y Guillermo de mi club. Me saludan sonriendo. Les grito que creo que van primeros (al final, efectivamente, quedaron primeros de su categoría).


Yo en ese momento voy a ola de un K1 y veo que ellos van demasiado rápido para mí por lo que ni siquiera intento irme con ellos.

El señor con el que voy y yo alcanzamos a un K2 de chavales del club Alberche. Al proel le conozco de vista, sé que es amigo de mi primo Carlos, pero no me acuerdo de su nombre. Nos situamos uno a cada lado, a su ola.


Durante un rato vamos tranquilos, yo igual incluso demasiado relajado. Pero sigo pensando que al final se me va a hacer largo por lo que no pasa nada por “conservar” un poco. Llegamos a un rabión que gira a la izquierda donde la corriente te echa contra unas ramas que hay a la derecha. Justo cuando vamos a entrar los chavales del Alberche paran de remar, se apoyan con las palas como dudando si entrar o no… y claro, como se quedan casi parados la corriente les lleva hacia el exterior. No puedo hacer nada, se me echan encima y me empujan contra las ramas. Me agacho y cierro los ojos cuando noto como las ramas me hacen un “masaje del cuero cabelludo”.

Una vez que me vuelvo a situar a su ola trato de explicarles que en los rabiones hay que remar fuerte para ir más rápido que la corriente y que, de esa forma, el timón pueda dirigir… no sé si me hacen algo de caso pero de todas formas no les culpo, esto no se parece mucho al lago -estanque más bien- de la Casa de Campo de Madrid donde entrenan.

Nos adelantan por la izquierda Sabina y Paco de mi club. Pienso que serían una buena ola pero no puedo intentar ponerme a su lado porque nos separan un par de piraguas y no estoy yo para esprines ni alardes. Se nos alejan poco a poco.


En ese momento me doy cuenta de que llevo bastante agua dentro de la piragua. Intento concentrarme en pisar el achicador para empezar a vaciarla pero veo que no sale nada por el tubito. Piso con más fuerza pero nada, no echa ni una gota. Un poco mosqueado con “la tecnología punta” del piragüismo miro para abajo y me doy cuenta del motivo. Cuando volqué en la salida y tuve que achicar se soltó el tubo que va pegado al fondo y que es el que se encarga de aspirar el agua. Además se me ha ido por delante del reposapiés con lo que no puedo cogerlo para tratar de colocarlo… Fenómeno, como voy tan sobrado voy a hacer el resto del río con unos kilos de lastre.

Alcanzamos a un veterano y a un chaval joven. Cuando estamos en el lío de organizamos y “repartirnos” las olas llegamos a una sequera que hace que las paladas se vuelvan durísimas. El K2 del Alberche se nos marcha unos metros y nos quedamos los 3 K1´s con cara de tontos. Me pongo a tirar y los otros dos se sitúan uno a cada ola. Al veterano que llevo a la izquierda le conozco de vista, es asturiano, y no para de decirme: “por el centro de la corriente”, “por lo más profundo”, “acelera ahora”… Me cansa un poco pero no le digo nada.

En un largo cómodo de repente alguien me saluda diciendo: “¿qué tal vamos Miguel?”. Miro sobre mi hombro derecho y veo que es David que baja en K2 mixto con una compañera de su club, el Cisne de Valladolid. Le saludo y le digo que por delante llevan, por lo menos, 3 de su categoría.

Me lo agradece y pegan un tirón para superarnos por la derecha mientras él no para de dar ánimos a su acompañante femenina.


Sigo tirando del veterano y del chaval. Pasamos bajo el puente de Toraño donde hay mucha gente animando. A los pocos metros el chaval de mi derecha dice: “ahora vamos a organizarnos un pocu para pasar el Diablu”. Yo les digo que me adelanten que yo no me acuerdo de cómo es. Pasa delante el veterano, el chaval se pone casi a su popa y yo detrás de ellos. Voy confiado ya que sigo la trazada de dos “locales” pero… de repente veo como el veterano pasa rozando la primera de las piedras grandes del Diablo. El chaval intenta pegar un timonazo para pasarla por el otro lado, pero no le da tiempo, pega de costado y está a punto de hacer una “corbata” con la piragua… Yo intento reaccionar, doy unas paladas muy fuertes y consigo esquivar la piragua cruzada del chaval, otro par de paladas mientras doy un timonazo para pasar la siguiente piedra -que libro muy justito- y para terminar hago un apoyo cuando paso rozando con la última… puf, menuda bajada del Diablo. Otros años yo sólo, sin tener ni idea, ¡lo he hecho muchísimo más sencillo!

Una vez en el agua tranquila y profunda decido pegar un pequeño cambio de ritmo para dejar atrás al veterano que me acompaña. Lo consigo y, tras apretar un par de minutos, consigo alcanzar a un cadete que va sólo y con pinta de cansado. Se pone a mi ola derecha.


Llegamos a la recta de la Requexada. Aquí el río es ancho y profundo por lo que se puede palear muy cómodo. Llegamos a la curva donde a la derecha, a lo alto, se ve la carretera con muchísima gente animando. También hay gente en la orilla izquierda. Se agradecen los ánimos en estos momentos en que empiezo a notar el cansancio.

Tras un rato absorto en mis sensaciones y en mi paleo me doy cuenta de que ha empezado a llover. Al principio era un orbayu pero ahora ya llueve con ganas. No me molesta porque no hace frío pero pienso en que al público que hay por el río no le hará tanta gracia. Principalmente a mi madre y a Elsa a las que sé que les encanta mojarse…

Pasamos por debajo de la Pasarela de Cuevas. Creo que fue en esta pasarela donde mi padre hace poco, allá por 1987, me decía que levantase la pala para saludar al público. Aquel año creo que fui el más pequeño en bajar el río y a causa de ello recibía un montón de ánimos todo el rato. Mi padre quiso que lo agradeciera…

Volviendo al presente veo que el cadete que llevaba a ola se queda atrás. Yo acelero durante un rato hasta que alcanzo a un K2 de veteranos. Lo consigo, me pongo a su ola y aprovecho para descansar un poco. Veo unos metros por delante a Arturo del Piraguamadrid que va en K2.

Llegamos a la presa rota donde creo que se iba a poner mi familia. Intento mirar de lejos pero entre el cansancio que llevo y que todo el mundo va con impermeables no les distingo. Escucho a mi madre y a Elsa que me animan pero sigo sin verlas. Cuando estoy a punto de pasar de largo la presa logro verlas lo que me alegra mucho. Cuando estoy sonriéndoles pego con la pala en una piedra del fondo y me desestabilizo un poco.


Me recompongo y pienso en el último rabión antes de Llovio. Es una especie de embudo en el que el agua pasa entre dos piedras grandes y se forma una ola que hay que atravesar por el centro.

Recordando mi maniobra del año pasado -en la que entré junto a un K2 y acabamos los dos subidos a una piedra- decido dejar pasar al K2 y situarme justo a su popa para entrar cómodo por el centro.

El rabión no se ve bien hasta que estás justo encima y al llegar a ese punto me doy cuenta de que he entrado demasiado por la derecha. Hago un apoyo con la pala izquierda para enderezar y me tiro por el chorro. La proa se me clava bastante y embarco todavía más agua del que ya llevaba pero paso sin más contratiempo.


Empiezo a remar otra vez fuerte para tratar de coger de nuevo la ola del K2. De repente levanto la vista y me encuentro de frente a mi padre subido en una roca con su cámara de fotos. Me grita: “¡venga, que vas muy bien!”. Yo le hago un gesto como diciendo que lo que llevo es una paliza curiosa y él, que me entiende perfectamente, me dice “¡ánimo!”.


Después de esforzarme lo que puedo me vuelvo a poner a ola del K2. Pero justo cuando estoy intentando recuperar el aliento pegan un hachazo… caigo en que ellos tienen la meta en Llovio con lo que ya están haciendo su sprint final.

Llego al puente del tren de Llovio y veo a un montón de gente animando y a otros piragüistas que ya se están bajando de la piragua tras terminar su prueba. A los que tenemos meta en Ribadesella nos quedan todavía 5 largos kilómetros por la ría. Escucho a Sofía y a Chini animarme.

En la recta de Llovio me quedo sólo y en ese momento soy más consciente aún de que llevo muchísimo agua en la piragua y pesa como un plomo. Si sumamos que yo a esas alturas empiezo a encontrarme muy “vacío” la sensación es de no poder con la pala y no avanzar nada. Pienso en parar a achicar y coger la botella que llevo en la piragua para beber. Me parece que las dos cosas son “muy complicadas”, que voy a perder mucho tiempo y sigo para adelante como estoy.

Me gritan desde la orilla “¡vamos Miguel!”. Miro a la derecha y es Jose, el árbitro de la Federación Cántabra. No tengo fuerzas para saludarle, sólo le sonrío.


Tras pasar bajo el puente de la autovía escucho paladas y respiraciones agitadas que se me acercan por detrás. Me gritan: “¡A la derecha K1!”. Me abro un poco a la derecha y me adelanta un C2 que debe ir jugándose un puesto importante. A su ola van mi compañero Pablo y Carolina del Piraguamadrid. Pienso y digo en alto: “¡cuánta gente conocida!”. Nos saludamos y en cuanto me sobrepasan acelero para remontar la ola y meterme a la “V”. Me cuesta un poco más de lo normal porque estoy cansadísimo. Una vez en la “V” intento bajar pulsaciones y remar relajado. Pregunto a Carolina cómo va y me dice que cree que segunda.

Durante un kilómetro vamos todos juntos, pero llegamos a una sequera, el agua se vuelve “durísima” y empieza el movimiento. Pablo se quita de la ola del C2 y Carolina se pone detrás de ellos con lo que se me acaba “el chollo” de la “V”. Al volver al agua profunda pegan un tirón para volver con el C2 y yo no tengo fuerzas para irme con ellos. No voy a tope de pulsaciones pero me encuentro totalmente sin fuerzas. Me quedo sólo y poco a poco se van alejando.

Doy la última curva a la derecha, librando la isla de la Boticaria, y al fondo veo por fin el puente de Ribadesella abarrotado de gente. Siempre me resulta emocionante. Y siempre me imagino que si es emocionante para mí, llegar como primer K2 tiene que ser increíble.

No tengo mucho tiempo para disfrutar del momento. Por la izquierda me alcanza un grupo de tres veteranos que vienen fuerte. Entre ellos está Gonzalo Melero. Sacando fuerzas de algún sitio -no sé cuál- cambio el ritmo y me uno a ellos. Quedan escasos 200m y los cuatro empezamos el sprint final. Echo el resto, voy más que a tope, pero no quiero perder su ola. En los últimos 50m se adelanta media piragua el que iba tirando del grupo, Melero se queda a su ola y el otro y yo entramos justo a su popa. Escucho como los jueces de la zodiac cantan mi dorsal cuando paso bajo el puente, paro el cronómetro y me relajo…

¡¡META!!

Para recuperar el aliento me apoyo en el pantalán de meta donde veo a bastante gente conocida. No tengo fuerzas ni para bajarme. Bebo -a buenas horas- el botellín que llevo en la piragua. Estoy totalmente vacío o “apajarado” pero contento y satisfecho. Pese a la falta de entrenamiento, los golpes, el vuelco, los problemas para achicar, el desfallecimiento final, etc. he disfrutado un montón… ¡El Sella es así!

Mis resultados fueron:

Tiempo Arriondas-Ribadesella 1:34:56 (19,5Km)

Puesto 65º de 162 K1 Senior
Puesto 188º de 457 embarcaciones con meta en Ribadesella

Y ahora, como diría el gran Julio Martínez, “¡toca empezar a entrenar para el año que viene!”


Podéis ver las clasificaciones en:

Fotos de la prueba en:

Y por último, un video “onboard” grabado por Alejandro Vallina (cadete de Villaviciosa) ¡¡que os dará una idea fiel de lo que supone meterse en la salida del Sella!!




3 comentarios:

  1. Gracias por nombrarme! Fíjate que hasta el día de hoy no me había parado a leer todo esto. Muy chula la crónica, de veras, Miguel. Un abrazo.

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    1. De nada Gonzalo.

      Me adelantaste sin piedad y estuve tentado de obviarlo en la crónica, pero tenía que quedar aquí plasmado... jejeje. Normal que no lo hubieses leído, esto es algo en plan "doméstico", no creo que me den ningún Publitzer, ni nada. Lo escribo (o escribí, ya veremos si me sigue apeteciendo este año) más que nada para apuntar todos los detalles antes de que se me olviden y también para enseñárselo a mi familia que es a los que les puede interesar, al menos un poco!

      Nos vemos en el agua.

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